Hoy en día vemos al internet como un gran universo infinito donde, a primera instancia, parece que no existen límites entre los unos y los otros. Sin embargo, desde la primera vez que tenemos contacto con este mundo, empezamos a ingresar datos, fotos, material multimedia, gustos, disgustos, personas, etcétera. Cada interacción nuestra genera información que quedará guardada en la gran memoria del Internet.
Asimismo, cada vez el ser humano ha sido más exigente con la comunicación que quiere recibir por parte del ciberespacio, pero en realidad éste, desde mucho tiempo antes que siquiera lo hubiéramos pensado, nos fue alineando a una cultura cada vez más rigurosa que va más allá de los likes, sino que ahora puede descifrar lo que sentimos a través de clics que llevan una carga de datos para cada contenido. Así que, ya no sólo existen y obtienen datos personales generales de cada uno, si no que la información se encuentra abierta en todo momento, cada día, hora, e incluso cada segundo.
Entonces, toda esa información que se queda almacenada en forma de historial, es la que llamaremos identidad digital, ya que conllevará los datos ingresados por ti, así como la perspectiva que tienen los demás sobre tu persona. Por ejemplo, es bien sabido, pero poco ético, que algunas empresas u organizaciones en el proceso de reclutamiento de nuevos talentos indagan sobre nosotros más allá de la entrevista, ya que con tan sólo un clic, pueden saber más sobre nosotros de una forma profunda.
Por ello, el resguardo de identidad es un elemento fundamental al ser un ciudadano digital, ya que, si bien el internet es una herramienta de vida, requerimos ser cuidadosos con la información que proporcionamos a las diferentes comunidades o redes. He aquí la importancia de definir los objetivos de cada una de ellas: ¿qué queremos comunicar? ¿A quién la queremos dirigir? ¿Cuánto tiempo quiero que dure? ¿Cuándo es pertinente hacerlo o no? Ya que, aunque no lo queramos, podremos borrarla de nuestros dispositivos, pero no del historial del ciberespacio.
En ese mismo sentido, hay que tomar en cuenta que para cada acción que realicemos, siempre va a haber una reacción. Éstas podrán ser positivas o negativas. Las positivas se manifestarán al ejercer nuestros derechos y valores de forma responsable, pero las negativas se refieren a los riesgos que podemos correr, incluso sin darnos cuenta, con personas desconocidas que quieran dañar nuestra identidad física o digital, como es el caso de cyberbulling, grooming, sexting o visualización de contenidos inadecuados.
Algunos otros riesgos que amenazan al ciudadano digital son la pérdida de tiempo o dispersión al no concentrarse en tareas específicas, el ingreso de información poco fidedigna, búsqueda de información peligrosa, adicción a los dispositivos o redes sociales, difusión de información de terceras personas sin su autorización con el fin de dañar su imagen, relación con personas desconocidas, violaciones de propiedad intelectual, compras compulsivas, entre otras.
Lo cual apunta a la conclusión de que los impactos de pertenecer a la ciudadanía digital son múltiples. Sin embargo, más que temer, requerimos saber los riesgos que existen por parte de todo aquel que pueda interactuar o estar cerca de nuestra información, y también aprender a resguardarla para conocidos y desconocidos, ya que aunque nosotros podamos olvidarla, el internet siempre la guardará, lo que en el futuro podrá apoyarte a seguir creando una buena identidad digital o se volverá poco beneficioso para ti.